En la cadena nacional del 3 de septiembre, Javier Milei afirmó que las Malvinas son argentinas “por historia y por derecho”. También sostuvo que sus actuales habitantes constituyen una población implantada, rechazó que puedan decidir la soberanía mediante la autodeterminación y anunció medidas contra la explotación petrolera británica en el Atlántico Sur.

Las palabras se ajustan, esta vez, a la posición histórica de la Argentina. Pero chocan de frente con los antecedentes del propio Presidente.

Durante la campaña electoral de 2023, Milei ubicó a Margaret Thatcher entre las grandes dirigentes de la historia y reconoció públicamente su admiración por ella. Ya como presidente, mantuvo un retrato de la ex primera ministra británica en su despacho. No se trata de un personaje ajeno al conflicto: Thatcher condujo al Reino Unido durante la guerra de 1982 y autorizó el ataque contra el crucero ARA General Belgrano, en cuyo hundimiento murieron 323 tripulantes argentinos.

La contradicción no termina allí. Milei sostuvo anteriormente que una recuperación de las islas debía contemplar la voluntad de sus habitantes y que la Argentina debía lograr que ellos quisieran formar parte del país. En 2025 volvió a expresarlo con una frase inequívoca: había que conseguir que los isleños “prefirieran ser argentinos”.

Ese planteo se aproxima al argumento británico de la autodeterminación. La posición argentina, en cambio, sostiene que no existe en las islas un pueblo colonizado con derecho a decidir la soberanía, sino una población implantada por la potencia ocupante después de 1833.

Las resoluciones de las Naciones Unidas reconocen una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y convocan a los dos gobiernos a negociar. El mandato internacional indica que deben considerarse los intereses de los habitantes de las islas, no que su voluntad pueda resolver el conflicto por sí sola. Esa diferencia es central.

Milei podría haber cambiado de opinión. Pero nunca explicó de manera convincente cómo pasó de admirar a la dirigente británica que condujo la guerra, y de reivindicar la voluntad de los isleños, a adoptar el lenguaje de la posición histórica argentina.

Por eso, el título de esta nota expresa una conclusión editorial: Milei miente sobre Malvinas. O no era sincero cuando elogiaba a Thatcher y otorgaba un papel decisivo a los habitantes de las islas, o no lo es ahora, cuando se presenta como defensor inflexible de la soberanía nacional. Ambas posiciones no pueden sostenerse al mismo tiempo.

Malvinas no puede convertirse en una consigna ocasional, utilizada según las necesidades políticas del momento. Es una causa nacional fundada en la Constitución, en décadas de reclamo diplomático y en la memoria de quienes murieron en el Atlántico Sur.

Defenderla exige algo más que una cadena nacional. Exige coherencia.